Por: Chelsea Valeria Valencia Echeverría
A Emma le gusta ir al parque de su barrio. Va en las tardes, después del colegio, va a jugar y a hablar con sus amigas. Sin embargo, últimamente hay algo que le incomoda: el parque está sucio, algunos juegos están dañados y ya no se siente como antes.
Un día, mientras estaban sentadas en una banca, Emma dijo: “¿Y si hacemos algo?”
Al principio hubo silencio. Nadie sabía muy bien qué hacer y por dónde empezar. Pero poco a poco comenzaron a surgir ideas: hablar con otras personas del barrio, organizar una jornada para limpiar el parque, contarle a algún adulto. No tenían todo claro, pero sí algo importante: ya no querían quedarse viendo como su espacio se dañaba.
Días después, se animaron, hablaron con más vecinas y vecinos, se organizaron y lograron hacer una pequeña jornada de limpieza. No solucionaron todo, pero el parque empezó a cambiar. Y ellas también.
Emma entendió algo importante: cuando una persona habla y se junta con otras, pueden movilizar y mejorar sus entornos. Eso que hizo tiene un nombre: participar y transformar.
Participar no es solo estar en reuniones o levantar la mano en el colegio. Es darse cuenta de lo que no está bien, decirlo y hacer algo para transformarlo junto a otras personas. Esto puede pasar en el parque, en la casa, en el colegio o en cualquier lugar que habitemos, vivamos o disfrutemos.
Cuando niñas, niños y adolescentes participan fortalecen su capacidad de actuar. Aprenden a expresar lo que piensan, a escuchar, a tomar decisiones y a trabajar en equipo. Poco a poco, descubren que su voz sí importa. ¡Y esto es fundamental!
Porque cuando una niña, niño o adolescente siente que puede hablar y ser escuchado, es más fácil que diga lo que le preocupa, que pida ayuda y que no se quede en silencio frente a situaciones que pueden hacerle daño. Por eso, participar también es una forma de cuidarse y de cuidar a otras personas.
Cuando sus ideas se tienen en cuenta, las decisiones cambian. Se vuelven más justas, más cercanas y conectadas con lo que realmente pasa en sus vidas. Por eso, la participación no es un favor, es un derecho. Y también, es una forma de transformar nuestro entorno.
Como Emma, que empezó con una pregunta sencilla: “¿y si hacemos algo?”
A veces, los cambios empiezan así: con una voz que decide no quedarse callada y movilizarse para mejorar.