Por. Sandra Patricia Borda Borda
Hablar de los “buenos vivires” en la convivencia escolar no es simplemente un tema de moda ni una expresión bonita: es una necesidad profunda en la formación de seres humanos capaces de vivir en comunidad. La escuela no solo es un lugar donde se adquieren conocimientos académicos; es, ante todo, un espacio donde se aprende a ser, a convivir y a construir relaciones basadas en el respeto y la empatía.
¿A qué nos referimos cuando hablamos de buenos vivires?
A aquellas prácticas, actitudes y valores que permiten que la vida en comunidad sea armónica. Esto incluye el respeto por la diferencia, la escucha activa, la solidaridad, el cuidado del otro y de uno mismo, así como la capacidad de resolver conflictos de manera pacífica. En el contexto escolar, estos elementos son fundamentales, ya que niñas, niños y adolescentes pasan gran parte de su tiempo compartiendo con otras personas que piensan, sienten y viven de maneras distintas.
La importancia de promover los buenos vivires radica en que la convivencia no se da de manera automática. No basta con compartir un mismo espacio para convivir bien; es necesario aprender a hacerlo. En este sentido, la escuela cumple un papel clave como escenario de aprendizaje social. Cada interacción, en el aula, en el recreo, en los pasillos, se convierte en una oportunidad para fortalecer habilidades sociales y emocionales.
¿Cómo contribuye el fomento de los buenos vivires en la escuela?
Contribuye a prevenir situaciones de violencia, discriminación y acoso escolar. Cuando se cultivan ambientes basados en el respeto y la inclusión, se reducen las tensiones y se generan climas de confianza donde todos se sienten valorados. Esto, a su vez, impacta positivamente en el aprendizaje, ya que un estudiante que se siente seguro y respetado tiene mayores posibilidades de participar, expresarse y desarrollar su potencial.
Hablar de buenos vivires también implica reconocer la diversidad cultural y social presente en las escuelas. Cada estudiante llega con una historia, unas costumbres y una forma de ver el mundo. Valorar esa diversidad en lugar de rechazarla enriquece la experiencia educativa y forma ciudadanos más abiertos y tolerantes.
Como decía Paulo Freire, “la educación es un acto profundamente humano y social, en el que el diálogo y el reconocimiento del otro son fundamentales para la construcción de aprendizajes significativos” (Freire, 1997, p. 34). Esto nos recuerda que, convivir en la escuela es también aprender a ser buena persona y a relacionarnos bien con quienes nos rodean.
En definitiva, promover los buenos vivires en la convivencia escolar es apostar por una educación integral. No se trata solo de formar estudiantes con buenos resultados académicos, se trata de educarnos desde la construcción de relaciones sanas, la resolución de los conflictos con diálogo y así contribuir a una sociedad más justa y respetuosa.
La convivencia se aprende, se practica y se construye día a día, y la escuela es el lugar ideal para sembrar las semillas que darán frutos a lo largo de toda la vida. En ese gesto cotidiano se cultivan los buenos vivires.
Referencia:
Freire, P. (1997). Pedagogía del oprimido (20.ª ed.). Siglo XXI Editores.