Piedras de colores

Piedras de colores

Había una vez, un país de grandes bellezas, extensos valles, brillantes nevados, montañas que contaban historias al viento, pueblos vivos que susurraban sus memorias y abundante agua que bañaba sus alrededores con sal y su interior con dulce… En este país de la belleza vivía Yurak, una niña curiosa que amaba los cuentos de su abuela Suia y los juegos con sus amigos junto al río.

Un día, Yurak sintió una tristeza profunda porque su comunidad estaba alterada, discutían y se agredían porque no lograban ponerse de acuerdo sobre el uso que debían darle bosque. Algunos, pensaban que eran recursos para explotarlos indiscriminadamente; otros, que no debía ser habitado por ser sagrado, y había quienes pensaban que debían encontrar un equilibrio entre usar los recursos para su bienestar y respetar lo sagrado del bosque.

Decidida a ayudar, Yurak fue a buscar la sabiduría de su abuela Suia, quien, al escuchar, sonrió y le respondió: “La paz no se parece a una roca gigante a la que no le sucede nada, se parece más a una planta: necesita raíces, agua y sol; y cultivarla tiene secretos...”

Suia sacó tres pequeñas piedras de colores que había heredado de sus ancestras. “Cada piedra es un pilar,” explicó.

La primera piedra era azul y la llamó Yo. “Es la armonía en tu corazón: sentir calma, aprender a respirar cuando estás nerviosa y cuidar tus pensamientos,” dijo Suia. Yurak imaginó su corazón como una casita con ventanas abiertas.

La segunda piedra era verde y la llamó Otro. “Son las personas que te quieren: la familia, las y los amigos. Son las manos que te ayudan a levantar cuando caes,” dijo Suia. Yurak pensó en la risa de sus amigas, en los brazos de su padre y en las palabras de la dulce voz de su madre.

La tercera piedra era marrón y la llamó Lo Otro. “Es la tierra, el río, las leyes que protegen a todos, la comida y el lugar donde vivimos. Si el bosque está sano, todos pueden vivir dignamente,” explicó Suia. Yurak recordó las frutas dulces del bosque y el agua clara del río.

“Toma estas piedras en tu mochila,” dijo la abuela. “Cuando las tres estén juntas, podremos vivir en paz”.

Yurak comprendió, y, sin embargo, su tristeza permaneció, porque ahora sabía que la paz no es un algo que se consigue y tampoco se impone, solo puede construirse, así que, Yurak decidió sembrar en cada persona a la que conocía, la confianza para hablar y expresar sus emociones y sentimientos, solidaridad y afecto para sostenerse mutuamente y también, respeto y armonía, para tomar lo necesario, sin exceso, logrando el equilibrio. Sólo así se construye la paz.

 

Angélica V. Reyes H.