Por: Maria Fernanda Dominguez Buitrago
Línea Técnica de Promoción de Derechos Digitales
Mateo, de diez años, vivía en una vereda del Tolima, entre el olor a tierra mojada y el sonido del río Sumapaz. Tenía gallinas en el patio y una huerta donde sembraba papa y cilantro con su mamá.
Él caminaba todos los días hasta la escuela por un camino de piedra que bordeaba el cerro.
Un día, la profesora Liliana llegó con una tablet y dijo: "Hoy vamos a aprender algo importante: tú también tienes derechos en el mundo digital”.
Mateo sabía que tenía derecho a estudiar, a jugar, a que lo cuidaran. Pero... ¿derechos en internet? No sabía muy bien qué era eso. Aun así, escuchó con atención.
Derecho a la conexión
La profesora Liliana explicó que tenían derecho a conectarse a internet, aunque vivieran lejos del pueblo. La distancia no les quitaba ese derecho.
"El campo también merece señal”, dijo la profesora.
Mateo pensó en las veces que había tenido que subir hasta la punta del Totumo para que su celular agarrara una rayita de internet y poder buscar una tarea. Mateo entendió que era un derecho, un derecho que le tenían que garantizar en su vereda.
Derecho a la privacidad
Esa tarde, al volver a casa, su primo Camilo le pidió que le compartiera su contraseña para entrar a un juego que Mateo tenía en el celular de su mamá.
"Es solo para jugar un rato”, dijo Camilo. “No le cuentes a nadie”.
Mateo dudó. Camilo era su primo y su amigo. Pero recordó a su profe Liliana: “la contraseña que crearon con sus mamás a nadie se la dan, ni al amigo, ni al familiar, ni a una persona en internet”.
Mateo le dijo que no al primo y le explicó: “primo, haz de cuenta que tienes tu caja de secretos con llave. Tu información, tus fotos, las cartas que no le mandaste a Nina, tus recuerdos de la chocolatina, todo eso es tuyo. Así es la internet, por eso se le pone la contraseña. Eso es derecho a la privacidad, primo. Digámosle a mi mamá que le diga a tu mamá que te dé permiso de jugar, y ella lo desbloquea. Tú tienes derecho a jugar un rato, no te preocupes”.
El primo entendió y prometió que cuando tuviera su internet iba a cuidar bien su llave, su contraseña.
Mateo entendió ese día que era importante seguir aprendiendo. La profesora Liliana les había dicho que continuarían hablando de más derechos: el derecho a aprender, el derecho a crear en internet, el derecho a que te protejan del daño digital, el derecho a pedir ayuda si algo no está bien y otros más.
Comprendió que el campo y lo digital podían caminar juntos. Que ser niño campesino no significaba tener menos derechos. Significaba tener los mismos derechos, en todos los mundos.