Martín y la Mochila de las Emociones

Martín y la Mochila de las Emociones

Por: Ricardo Soto Galindo

Enfoque Migrante

Martín tenía 10 años y un día emprendió un largo viaje junto a su mamá y su hermana. Dejaron atrás su hogar para comenzar una nueva vida en otro país. En su mochila llevaba ropa, un cuaderno para dibujar y una fotografía de sus abuelos, pero también llevaba algo que no se podía ver: muchas emociones. A veces sentía alegría por conocer lugares nuevos; otras veces sentía tristeza porque extrañaba a las personas que quería.

Cuando llegó a su nueva escuela, todo era diferente. Escuchaba palabras nuevas, veía rostros desconocidos y no sabía si lograría hacer amigos. Durante los primeros días se sintió tímido y preocupado. Sin embargo, su maestra le enseñó que reconocer las emociones era una fortaleza. Le explicó que sentir miedo, tristeza o nervios era normal cuando ocurren grandes cambios.  

Poco a poco, Martín comenzó a compartir sus historias. Contó cómo era el lugar donde vivía antes, los juegos que disfrutaba y los sueños que tenía para el futuro. Sus compañeras y compañeros escucharon con atención y algunas personas también compartieron experiencias parecidas. Así descubrió que no estaba solo.

Con el paso de los meses, Martín aprendió a expresar lo que sentía, a escuchar a los demás con respeto y ayudar a quienes se sintieran en soledad. Cuando un compañero nuevo llegó a la escuela, fue el primero en darle la bienvenida.  

Gracias a su empatía, resiliencia y confianza, logró construir nuevas amistades y sentirse parte de su comunidad.

Al final del año, Martín comprendió que las habilidades socioemocionales eran como herramientas mágicas que siempre podía llevar consigo. Le ayudaban a enfrentar los cambios, resolver problemas y construir relaciones positivas.  

Fue entonces cuando sonrió y pensó que, sin importar dónde estuviera, siempre tendría la capacidad de adaptarse y seguir adelante.