Por: Indira Alexandra Ricaurte Villalobo
Línea Técnica: Políticas Públicas - Asuntos para comunidades Negras, Afrocolombianas, Raizales y Palenqueras
En muchas comunidades Afrodescendientes de Colombia, la familia va mucho más allá de la idea tradicional de Occidente sobre el hogar compuesto por madre, padre e hijos. Las dinámicas familiares en territorios racializados han sido profundamente atravesadas por la historia del patriarcado, la esclavización y el racismo estructural. Por eso, la familia que se teje en comunidades racializadas es también la historia de matriarcados que, por generaciones, han construido formas poderosas de resistencia, amor y memoria colectiva.
Abuela y nieta: Melba Sánchez y Samantha Perea Valecilla
Es así como, en numerosos hogares Afrocolombianos, las matronas y abuelas ocupan un lugar central en el cuidado y la crianza de niñas, niños y adolescentes. Muchas veces son ellas las que sostienen económica y emocionalmente a las infancias, transmiten saberes ancestrales y mantienen vivas las historias de su comunidad.
En muchos lugares de las costas pacífica y atlántica, las abuelas y matronas enseñan recetas, remedios tradicionales, pero, sobre todo, cosmovisiones y formas de entender el mundo, un mundo aun profundamente marcado por la proliferación de los discursos de odio y la discriminación. A través de sus memorias, niñas, niños y adolescentes aprenden quiénes son, de dónde vienen y por qué su historia merece ser contada.
Además del rol especial de la mujer Afrocolombiana en la crianza, el proceso formativo desde los territorios también suele tener un carácter colectivo. No solo cría la madre biológica: también participan tías, madrinas, comadres, vecinas y otras mujeres de la comunidad. Esta red de cuidado representa un espacio seguro frente a contextos marcados por el racismo y el abandono.
Y, aunque en muchos casos las familias monoparentales encabezadas por mujeres Afrodescendientes enfrentan enormes desafíos económicos y sociales, incluso en medio de esas adversidades, logran construir espacios de afecto comunitario para sus hijos e hijas.
También, dentro de muchas familias Afrocolombianas, las adolescentes suelen asumir responsabilidades de cuidado desde edades muy tempranas, especialmente las mujeres. En hogares atravesados por dificultades económicas o por la ausencia de figuras parentales, muchas niñas terminan ocupando roles propios de la adultez. Ellas cuidan a sus hermanas y hermanos menores, preparan alimentos y acompañan tareas escolares mientras atraviesan su propia adolescencia, a veces también marcada por experiencias de discriminación. Estas cargas suelen naturalizarse y pocas veces son reconocidas como una consecuencia de las desigualdades estructurales que afectan de manera particular a las niñas y adolescentes afrodescendientes.
Reconocer la labor de las mujeres Afrocolombianas en sus territorios como cuidadoras, también implica cuidar a las cuidadoras y que entendamos que hay corresponsabilidad en el cuidado por diversos actores, incluyendo al Estado. Ello supone fortalecer un marco normativo que reconozca el derecho al cuidado como derecho humano estrechamente vinculado con otros derechos como el trabajo, la seguridad social, la salud y educación; especialmente para cuidadoras racializadas que enfrentan mayores brechas de acceso a derechos fundamentales.
En una sociedad en la que todavía persiste el racismo hacia las personas Negras, Afrocolombianas, Raizales y Palenqueras, la familia cumple un papel fundamental en la construcción de la identidad de niños, niñas y adolescentes afrodescendientes. Muchas veces es dentro del hogar donde aprenden a valorar el color de su piel, sus rasgos, su cabello y su historia. Allí también aprenden que su pertenencia étnico-racial no debe ser motivo de vergüenza, sino de dignidad y orgullo.