La voz de la selva y quienes aprendieron a escuchar (segunda parte)

La voz de la selva y quienes aprendieron a escuchar (segunda parte)

Escrito por: Cristian Camilo Guzmán Tafur

Equipo de Movilización Social y Participación Ciudadana

Dicen que en el territorio que algunos llaman Tierralta, pero que otros reconocen como un lugar donde la selva respira con más fuerza, hubo un tiempo en el que el equilibrio empezó a romperse. No fue de un día para otro. Primero llegaron pasos extraños, luego manos que no sabían cuidar, y poco a poco comenzaron a aparecer huellas que no eran de vida, sino de olvido.

La Madre Selva, que todo lo siente, volvió a hablar. No con enojo, sino con tristeza. Y su voz viajó entre los árboles más altos, se deslizó por los ríos y llegó, como siempre, a quienes saben escuchar con el corazón: las y los wawakuna y warmakuna del territorio.

Ellas y ellos entendieron lo que estaba pasando. Sabían que no bastaba con escuchar. Era momento de hacer.

Entonces se reunieron. No en un solo lugar, sino en muchos rincones donde la palabra circula. Dibujaron sus ideas, compartieron sus preguntas y recordaron lo aprendido de los mayores y las mayoras. Y así, entre todas y todos, tomaron una decisión: si querían cuidar la vida, tenían que proteger su territorio de otra manera.

Fue así como nació el muro.

No era un muro para separar, ni para excluir. Era un muro protector. Un gran muro que se levantó en un lugar visible, en la parte donde el territorio se muestra a quienes llegan. Allí, las manos de las y los wawakuna y warmakuna, junto a las de la comunidad, comenzaron a pintar lo que sentían, lo que soñaban y lo que querían defender.

Colores que parecían hojas, trazos como ríos, figuras que recordaban la vida. Y en medio de todo, un mensaje que no necesitaba explicación, porque venía del corazón del territorio: “Aquí hacemos la paz con la naturaleza”.

Dicen que, desde entonces, algo cambió.

Quienes llegaban con la intención de dañar, se detenían. Miraban el muro. Leían el mensaje. Y en ese instante, algo sucedía, como si el mismo territorio hablara a través de ese lugar. Algunos bajaban la mirada, otros se quedaban en silencio. La selva, a través de la palabra de las niñas, niños y adolescentes, los había interpelado.

Pero las y los wawakuna y warmakuna sabían que el cuidado no podía quedarse solo en la pared.

Entonces sembraron.

Alrededor del muro protector empezaron a plantar vida. Entre todos los árboles, hubo uno que eligieron con especial cuidado: el abarco. Un árbol ausente y que crece despacio, pero que cuando alcanza su altura, puede tocar el cielo con más de cuarenta metros de fortaleza.

Lo sembraron sabiendo que quizá muchas de ellas y ellos no verían todo su crecimiento. Pero entendían algo profundo: cuidar la vida también es pensar en quienes vienen después.

Así, el muro se quedó hablando, pero los árboles empezaron a sostener ese mensaje en el tiempo. Sus raíces abrazaron la tierra, sus hojas comenzaron a dar sombra y su presencia recordó, día tras día, que la protección del territorio no es un momento, es un camino.

Dicen los mayores y las mayoras que ahora, cuando el viento pasa por ese lugar, su sonido es distinto. Que, si alguien se detiene lo suficiente, puede escuchar dos voces al mismo tiempo: la de la selva, antigua y profunda, y la de las niñas y los niños, clara y firme.

Y ambas dicen lo mismo:

¡Que la vida se cuida!

¡Que el territorio se respeta!

Y que la paz, cuando es verdadera, también se siembra.