Por: Diana Milena Chinchilla
#VocesQuePromuevanSueños1
Había una vez una niña llamada Luna, de ojos brillantes como estrellas y una sonrisa que iluminaba todo a su alrededor. Luna vivía en un pequeño pueblo rodeado de montañas verdes, donde la gente trabajaba mucho en el campo y en las casas. Aunque le gustaba ayudar en los quehaceres, Luna soñaba con ser maestra, escribir libros y viajar en un tren lleno de colores que recorriera todo el país.
Una noche, escuchó a unas personas decir que “ya estaba creciendo” y que lo mejor sería que se casara pronto, para ayudar a su familia con los oficios de otra casa. Esa idea la asustó. Luna sentía que le estaban robando sus alas antes de aprender a volar.
Aquella noche, mientras trataba de dormir, escuchó en su corazón un silbato de tren. De repente, apareció frente a ella un tren verde antiguo, con vagones pintados de muchos colores. Luna subió sin pensarlo. Cada vagón le mostró un camino diferente.
En el primer vagón, los asientos estaban llenos de niñas y niños leyendo cuentos, resolviendo problemas y pintando dibujos. Una voz suave le dijo:
—Aquí está la educación, la llave que abre todas las puertas. Con ella, tus sueños pueden crecer.
En el segundo vagón, había niñas jugando fútbol, adolescentes bailando, otras componiendo música, y hasta un grupo que aprendía a programar computadores. Luna se sintió libre, mientras la voz decía:
—Este es el vagón de la participación y la creatividad. Aquí nadie te obliga a casarte ni a dejar de ser niña. Aquí eliges tú.
En el tercer vagón, se encontraban mujeres de su comunidad conversando, cuidándose unas a otras, enseñándose recetas, organizándose para defender sus derechos.
—Este es el vagón de la solidaridad y el cuidado compartido —dijo una de ellas—. Nadie debe cargar sola con los oficios o las responsabilidades. Todos y todas podemos apoyar.
Finalmente, llegó al vagón dorado, donde estaba escrito en letras grandes:
"Una vida libre de violencias, con derecho a soñar, a estudiar y a decidir"
Allí, Luna entendió que lo que la protegía no era casarse pronto, ni quedarse en casa haciendo oficios, sino rodearse de amor, respeto, oportunidades para aprender y personas que la apoyaran a seguir estudiando.
Cuando el tren se detuvo, Luna bajó con una certeza en su corazón: ella tenía derecho a decidir sobre su vida. ¡Nadie podía obligarla a casarse ni a dejar de ser niña antes de tiempo!
Desde ese día, Luna comenzó a compartir con otras niñas y niños lo que había visto en el tren de los sueños: que cada uno tiene un camino propio, que la educación es un escudo, que la amistad y la solidaridad son alas, y que vivir sin violencia es la base para construir un futuro lleno de esperanza.
Mensaje de reflexión:
Así como Luna, todas las niñas y adolescentes tienen derecho a soñar, estudiar, jugar y crecer sin prisas. Nadie debe decidir por ellas. Su vida y su futuro son tesoros que deben cuidarse con amor, respeto y libertad.