Por: Carla Cortés Sánchez
Había una vez, en un lugar donde la selva abraza a la montaña y el río canta canciones antiguas, una niña llamada Candelaria. Ella vivía en una maloka circular, bajo el cielo estrellado de la Amazonía, pero siempre tenía curiosidad por saber qué había más allá de los árboles gigantes.
Una tarde, su abuela Nakuma la llamó. Nakuma era una mujer sabia del pueblo Tikuna, con manos que parecían raíces y ojos que guardaban el brillo de mil fogatas.
—Candelaria —dijo la abuela, extendiendo una manta tejida con hilos de mil colores—. Este no es un simple tejido. Es el mapa de nuestra sangre y de nuestras hermanas y nuestros hermanos.
La abuela cerró los ojos y, de repente, el aroma de la selva cambió. Candelaria sintió que viajaba en el viento.
Hacia el norte, con el soplar del viento llegaron a la arena caliente de la Guajira. Allí vio a mujeres valientes, las Wayúu, tejiendo mochilas con los colores del atardecer. La abuela le explicó que ellas hablan con los sueños y que el desierto no es un lugar vacío, sino un libro escrito en la arena.
Hacia las nubes, el viento las llevó a las cumbres nevadas de la Sierra Nevada de Santa Marta. Vieron a los Koguisy Arhuacos, vestidos de blanco como la nieve. Ellas y ellos, las y los "Hermanos Mayores", cuidaban el equilibrio del mundo, recordando que la Tierra es nuestra madre y que cada gota de agua es sagrada.
Y hacia el sur, bajaron por las montañas del Cauca, donde los Misak vestían sus ruanas azules y sombreros de paja, cuidando la tierra con una fuerza que nace del corazón de los Andes.
Candelaria abrió los ojos. Seguía en su maloka, pero algo había cambiado. Ya no veía la selva como simples árboles, sino como una gran familia.
—Abuela —preguntó Candelaria—, ¿por qué todas y todos somos tan diferentes, pero nos parecemos tanto?
Nakuma sonrió y señaló el tejido en sus manos:
"Somos como los hilos de esta manta. Hay hilos rojos, verdes y amarillos. Algunos son de lana, otros de palma. Si faltara uno solo, el dibujo no estaría completo. Colombia es ese gran tejido, y los pueblos indígenas somos el hilo que recuerda dónde empezó la historia".
Pero antes de que el sol se ocultara del todo, un último soplo de aire fresco trajo consigo un canto que Candelaria nunca había escuchado. Era un sonido suave, como el roce de las hojas de palma. La abuela Nakuma asintió con respeto y susurró:
—Escucha, Candelaria. Ese es el corazón del Guaviare, donde los pueblos Nukak y Jiw caminan la selva como quien camina por su propia casa.
La abuela le contó que los Nukak, los últimos nómadas, no necesitan mapas de papel porque conocen el lenguaje de cada fruto y cada rastro. En su lengua, no existen palabras para la guerra, pero sí muchas para la libertad. Candelaria cerró los ojos y creyó escuchar un suave "Jat" (ven), invitándola a cuidar el rastro de la vida.
Al mismo tiempo, el viento trajo la fuerza de los Jiw, cuyos cantos en su lengua propia son como puentes que unen el cielo con los ríos.
Nakuma le explicó que para ellas y ellos, la palabra tiene un poder sagrado: cuando un Jiw habla, está tejiendo el pensamiento con la naturaleza, asegurándose de que la selva nunca pierda su voz.
—Ellas y ellos son guardianes del movimiento —concluyó la abuela—. Nos enseñan que la vida no es solo estar en un lugar, sino saber caminar en armonía con lo que nos rodea. Candelaria abrazó la manta de mil colores.
Ahora sabía que, en algún rincón del Guaviare, entre el sonido de las flautas y el murmullo de los árboles, los Nukak y los Jiw seguían pronunciando las palabras antiguas que mantienen vivo el espíritu de la selva. El tejido estaba completo.
Y así, el viento sigue llevando los susurros de los 115 pueblos indígenas de Colombia, recordándonos que todas y todos somos hijas e hijos de la misma Madre Tierra. Todas y todos entrelazamos el tejido de la abuela Nakuna.