Por: Leandro Antonio Ramírez Franco
Enlace territorial Estrategia Buenos Vivires - Antioquia
“A nadie le asombró que le temblara en aquel momento la mano; a todos, que a Duncan le pasara lo mismo” (El encuentro, Jorge Luis Borges).
En su cuento "El encuentro", Borges narra un duelo de cuchillos entre dos hombres, Duncan y Uriarte, quienes apenas sabían pelear. Sin embargo, el autor resalta un detalle físico que nos entrega una clave sobre la psicología humana: el temblor de las manos. ¿Qué relación tiene este duelo de ficción con nuestra vida cotidiana?
1. El cuerpo nunca miente: La manifestación física de la emoción
Antes de que una emoción se convierta en palabra o acción, ocurre en el cuerpo. El temblor en las manos de Duncan y Uriarte es la manifestación física de un sistema nervioso "secuestrado" por la intensidad del momento.
En la gestión emocional, ese "temblor" es nuestra señal de alerta. Puede presentarse como un nudo en el estómago, calor en el rostro o la mandíbula apretada. Si ignoramos estas señales biológicas, corremos el riesgo de que la emoción pase directamente a la acción, saltándose el filtro de la razón y la conciencia.
2. La elección de la "espada": Compensar el miedo
Maneco Uriarte elige la espada más larga y vistosa. A menudo, cuando nos sentimos inseguros o amenazados en una discusión, elegimos nuestra "espada" más grande: el sarcasmo más hiriente, el grito más fuerte o el silencio más frío.
Borges nos muestra que Uriarte no elige desde su habilidad, sino desde su necesidad de compensar el miedo. Gestionar las emociones implica aprender a no elegir el arma más grande, sino el puente más efectivo.
3. Cuando el "cuchillo" toma el mando
En el relato, los cuchillos parecen tener voluntad propia, manejando a los hombres como si fueran títeres. En la realidad, esto sucede cuando decimos: "No sé qué me pasó, no era yo mismo".
Conclusión.
Lo que Borges describe con maestría en su duelo de ficción es, en esencia, lo que ocurre a diario en los pasillos y aulas de clase. Cuando un joven se ve inmerso en un conflicto mal gestionado, su sistema nervioso se activa de la misma forma que el de Duncan y Uriarte: las manos tiemblan, el cuerpo se tensa y el impulso amenaza con tomar el control.
A menudo, la respuesta institucional es la visita a coordinación o la remisión a psicología; sin embargo, el problema de fondo es una fractura en el Sentido de Coherencia (SOC). Los jóvenes, al igual que los duelistas del cuento, se convierten en "títeres" de sus propias emociones porque:
Carecen de Comprensibilidad: no logran identificar qué sienten ni cómo la emoción habita su cuerpo. Sin este mapa interno, el conflicto es un caos que los sobrepasa.
Pierden Manejabilidad: en el fragor del momento, olvidan sus propias habilidades y, lo que es más grave, olvidan a las personas —maestros, amigos, líderes comunitarios— que están allí para apoyarlos. Eligen "la espada más larga" (el grito o la agresión) porque no creen tener otros recursos.
Falta Significatividad: sin un "por qué" o un "para qué" resolver el conflicto, la paz parece un esfuerzo vacío. Si no hay una conexión con el territorio y el futuro, el orgullo momentáneo pesa más que el bienestar colectivo.
Desde la estrategia Buenos Víveres, nuestra labor es evitar que los jóvenes sean instrumentos de sus impulsos. Buscamos brindarles las herramientas necesarias para que recuperen su agencialidad.
Potenciar el SOC en la juventud es enseñarlos a calmar la mano antes de que el "cuchillo" tome el mando, asegurando que la comunidad y el territorio trabajen de la mano para ofrecer mejores espacios.
Al final, se trata de que cada joven deje de ser un títere de sus circunstancias para convertirse en el autor de su propia historia de salud y convivencia.