El día que el jaguar perdió sus manchas

El día que el jaguar perdió sus manchas

 

Por: Chelsea Valeria Valencia Echeverría

Línea técnica Movilización Social y Participación Ciudadana

Hay una historia que el oso de anteojos cuenta cada vez que encuentra un jaguar joven. Dice que hace mucho, muchísimo tiempo, los jaguares no tenían manchas. Eran completamente amarillos y estaban tan orgullosos de su pelaje que caminaban por el bosque creyendo que nada podía compararse con ellos.

El más orgulloso de todos era un jaguar que vivía en una selva inmensa, donde los árboles parecían tocar el cielo y los ríos cantaban incluso durante la noche. Cada mañana salía a recorrer el bosque y, cuando encontraba un charco de agua tranquila, se detenía a mirar su reflejo.

Una tarde, mientras caminaba bajo la sombra de los árboles, se encontró con un viejo oso de anteojos que comía unos frutos silvestres.

—¿Por qué caminas tan despacio? —preguntó el jaguar.

—Porque el bosque tiene muchas cosas que contar.

El jaguar soltó una pequeña risa.

—Yo no tengo tiempo para escuchar árboles.

El oso no respondió. Le ofreció uno de los frutos que llevaba entre las patas, pero el jaguar siguió su camino.

Al día siguiente volvió a pasar por el mismo lugar. El oso estaba allí, sentado junto a un árbol diferente.

—¿Todavía sigues aquí?

—No. El bosque cambió y yo vine con él.

El jaguar miró alrededor. Le pareció el mismo lugar de siempre.

Siguió caminando y cruzó un río. Allí vio a un colibrí detenerse en una flor y luego en otra. Más adelante encontró a una danta abriendo un sendero entre los arbustos. Un grupo de hormigas cargaba hojas mucho más grandes que ellas y, en las ramas más altas, unos monos dejaban caer frutos que otros animales aprovechaban.

Aquella noche regresó al río para beber agua y descubrió algo extraño. Sobre su pata delantera había aparecido una pequeña mancha oscura.

Corrió a buscar al oso.

—Mira lo que me pasó.

El viejo oso observó la mancha y sonrió.

—El bosque te está dejando un recuerdo.

—Yo no quiero recuerdos.

—Nadie los quiere cuando todavía no los entiende.

El jaguar se fue confundido.

Pasaron los días y las manchas siguieron apareciendo. Una cerca del lomo. Otra junto a la cola. Otra más sobre el cuello.

Cada vez que encontraba una nueva, volvía a buscar al oso.

Pero el viejo caminante siempre estaba ocupado mirando alguna flor, siguiendo el vuelo de un pájaro o descansando bajo un árbol distinto.

Un día, cansado de perseguir respuestas, el jaguar decidió quedarse a su lado.

Entonces vio cosas que nunca había visto.

Descubrió que el oso comía frutos y, sin darse cuenta, dejaba semillas en distintos rincones del bosque. Que los colibríes llevaban el polen de una flor a otra. Que los árboles más viejos daban sombra a los más pequeños. Que hasta el río cargaba pequeñas semillas en sus viajes y las dejaba descansar en las orillas.

Miró durante tanto tiempo que olvidó contar las manchas nuevas.

Cuando llegó la temporada de lluvias, el jaguar se acercó al río. El agua estaba quieta y pudo verse con claridad.

Su pelaje amarillo había desaparecido. Ahora estaba cubierto de manchas negras.

Buscó al oso una vez más.

—Creo que ya no soy el mismo.

El viejo levantó la mirada y sonrió.

—Ahora sí pareces un jaguar.

El joven quiso preguntarle qué significaba aquello, pero el oso ya se había internado entre los árboles y la neblina de la montaña.

El jaguar volvió a mirar su reflejo. Ya no vio unas manchas desordenadas. Vio las sombras de las hojas, los caminos del río, las noches del bosque y los claros por donde se colaba el sol, como si toda la selva hubiera decidido dejar un pequeño recuerdo sobre su piel.

Desde entonces, cuentan los animales que ningún jaguar nace con manchas.

Se las va ganando cada vez que aprende que el bosque nunca pertenece a un solo ser.

Quizás esa sea una de las razones por las que el cuidado del ambiente es uno de los temas que más moviliza a niñas, niños y adolescentes. Cuando conocen los lugares donde viven, recorren un sendero, observan los animales que comparten su territorio, siembran un árbol o ayudan a cuidar una fuente de agua, descubren que cada acción, por pequeña que parezca, puede aportar al bienestar de toda una comunidad.

Desde la movilización social y la participación ciudadana entendemos que el cuidado del ambiente también es una forma de participar. Conversar sobre aquello que ocurre en nuestros territorios, reconocer lo que necesita ser protegido y actuar junto a otras personas fortalece los vínculos con nuestras comunidades y nos ayuda a construir soluciones colectivas.

Tal vez el viejo oso tenía razón. El bosque nunca ha pertenecido a un solo ser. Tampoco los ríos, las montañas, los parques o los lugares que habitamos. Cuidarlos siempre ha sido una tarea compartida, una oportunidad para encontrarnos y recordar que, así como el jaguar descubrió el bosque, nosotros también hacemos parte de él.