Elaborado por Andrea Caterine Solórzano Castillo
Referente técnico de políticas públicas y análisis territorial
Buenas noches, mi nombre es Assam. Sí, lo sé, vaya nombre. Soy una cobra y esta es mi declaración ante su honorable señoría. Todos aquí deben saber que vengo del Raj… otro nombre extraño. Pero no se alarmen: el Raj británico era, por decir mucho, un lugar de principescos y una fanfarria de animales de todos los tipos. No mi hogar, era, más bien, una oficina extranjera instalada en mi territorio.
No recuerdo exactamente cuándo empezó todo este problema. En un tiempo había muchas como yo por toda Delhi, un lugar especial en la India. Quizá sí éramos demasiadas causando algunos “inconvenientes”: una mordidita por aquí, otra por allá… cosas de la vida. No era personal. Solo estábamos siguiendo nuestra ruta.
El problema fue que, sin querer, nos cruzábamos con campesinos y trabajadores del campo. No los odiábamos, simplemente estaban en el camino. Pero los británicos —una especie de soldados blancos con demasiadas reglas— no les importaban mucho las personas que trabajaban el campo. Aunque claro, sin campesinos… díganme ustedes: ¿quién cultivaría la tierra? ¿Quién llenaría sus bolsillos sedientos? ¿Quién haría de la tierra su riqueza?
En su brillante astucia por defender a los productores de su fortuna, los autonombrados reyes del Raj decidieron la solución perfecta: pagar por cada cobra muerta. Y ahí empezó el verdadero problema. La gente no solo inició una verdadera cacería de brujas… perdón, quiero decir, de serpientes, sino que también comenzó a criarnos para matarnos después y cobrar la recompensa. No los culpo.
El Raj era un lugar donde el pan visitaba la mesa tan a menudo como un deudor. Tan pobres estaban algunos, que nuestra muerte sostenía sus vidas. Al final, la medida logró lo contrario: había más cobras que antes. Nos criaban clandestinamente, es decir, calladitos y en secreto; el problema creció sin control. Así nació lo que ustedes llaman el “efecto cobra”: una solución que termina empeorando lo que quería resolver. Lo mismito que dice mi abuela cuando me regaña: ¡de buenas intenciones está hecho el camino al infierno!
Y hablando de infiernos… el problema seguía.
Honorable magisterio ¿qué hubieran hecho ustedes para solucionar semejante dilema? A los genios de papeles y sellos se les ocurrió algo peor: eliminar la maleza alrededor de las aldeas. Decían que así ya no estaríamos de “andariegas” por ahí. Pero al cortar el pasto, nuestra comida desapareció. Las ratas y las ranas -nuestro menú habitual- fueron las primeras en mudarse a las casas humanas. Y nosotros, sin hogar y sin comida, no tuvimos mucha opción. Eso hizo que los encuentros con los humanos fueran… digamos… más frecuentes. ¿Y ustedes? ¿qué hubieran hecho ustedes, respetado jurado? ¿pa’ onde’ íbamos a coger las cobras del Raj?
Por fin, a alguien se le encendió la cabeza, aunque no literalmente, quiero decir que tuvo una idea, ¡una real!
Dicen que fue un grupo encargado de hacer “políticas públicas”, dos (2) palabras: políticas públicas, [disculpen que no les muestre el número, mi cuerpo no me lo permite, pero mi abogado mamífero lo hará por mi], unas propuestas de cambio que a veces funcionan, y otras veces no tanto. En fin, ¿su gran solución?: mejorar las botas de los campesinos. ¿Por qué? porque si las botas eran más gruesas, habría menos mordidas, parecía casi obvio, pero las soluciones solo pueden ser vistas por ojos dispuestos.
La historia es más larga, estimado jurado, implementaron más medidas para reducir nuestra presencia, pero el tiempo de mi declaración se agotó, por lo que solo me quedan (2) dos preguntas [gracias abogado]: ¿qué creen que ayudó a prevenir que hubiera tantas muertes humanas y nuestras? Y, ¿han visto, ustedes, alguna vez, el efecto cobra?
#VocesQuePrevienen