Por: Indira Alexandra Ricaurte Villalobos
La atención de niñas, niños y adolescentes pertenecientes a comunidades Negras, Afrocolombianas, Raizales y Palenqueras, no puede pensarse como un acto neutro. Todo acompañamiento ocurre en un territorio, en un ecosistema y en una vida marcada por memorias, afectos, desigualdades y resistencias.
Si bien el enfoque étnico-racial ha permitido avanzar en el reconocimiento de la diversidad cultural y en la necesidad de brindar atenciones pertinentes, hoy resulta necesario ir más allá de ese reconocimiento para interrogar las formas en que el racismo continúa atravesando la experiencia cotidiana de crecer, aprender, jugar y ser cuidado. Y es precisamente allí donde el enfoque antirracista se vuelve fundamental.
Un enfoque antirracista en las atenciones a niñas, niños y adolescentes implica reconocer que no todas las infancias viven lo mismo ni necesitan lo mismo. Significa comprender que muchas niñas y niños Afrodescendientes han crecido escuchando silencios sobre su historia, enfrentando estereotipos sobre su cuerpo, su cabello, su lengua, su forma de vestir, su manera de hablar o su lugar de origen. Significa asumir, además, que estas experiencias no son hechos aislados, sino expresiones de desigualdades históricas que inciden en sus trayectorias de vida, en sus vínculos con el mundo y en la confianza que construyen sobre sí mismos.
En el quehacer cotidiano, un enfoque antirracista implica revisar críticamente la manera en que se diseñan, implementan y evalúan las atenciones. Supone preguntarse si los espacios son culturalmente pertinentes; si el trato reconoce la dignidad de cada niña, niño y adolescente; si los materiales reflejan la diversidad de los territorios y de las experiencias de vida; si los equipos comprenden las desigualdades históricas derivadas del racismo; y si las familias y comunidades son reconocidas como sujetas de saber y actoras fundamentales en los procesos de cuidado, y no únicamente como receptoras de servicios.
Desde esta perspectiva, también resulta fundamental valorar la memoria comunitaria, las prácticas de crianza, la oralidad, las músicas, los cuidados ancestrales y los vínculos con el territorio. Una intervención que desconoce estos elementos puede terminar reproduciendo exclusión, aun cuando se presente como técnica o bien intencionada. En cambio, una atención que los integra fortalece la identidad, el sentido de pertenencia y la posibilidad de crecer sin renunciar a quiénes son.
Pensado de esta manera, el enfoque antirracista en la atención a niñas, niños y adolescentes no solo acompaña, sino que constituye, en sí mismo, un ejercicio de reparación histórica hacia los pueblos Negros. Asimismo, supone que quienes cuidan, educan y orientan cuenten con la formación, la sensibilidad y el compromiso necesarios para nombrar el racismo, desactivarlo en las prácticas cotidianas y abrir caminos hacia la dignidad y el reconocimiento.
En últimas, cada acción de cuidado y acompañamiento es también una decisión sobre el tipo de sociedad que queremos construir: una que reproduzca las desigualdades históricas o una que las transforme.