Crónicas de Super Poli

Crónicas de Super Poli

Por: Víctor Hugo Sánchez

Políticas públicas y análisis territorial

De la oscuridad a la luz… ¡Poli respira!

Entre montañas que abanican aire frío, en las riberas de los ríos que murmuran voces, a través de las calles donde corren pelotas y en las playas donde el agua juega con la arena, en todos esos lugares al mismo tiempo decide nacer Poli.

¿Decide? Se preguntarán. Sí, así mismo como se lee: ella ha decidido venir al mundo y nacer para las niñas, niños y adolescentes.

Nace porque acude al llamado de las voces de las niñas que no se sienten protegidas, de los niños que se ven y se sienten solos, y de los adolescentes que no encuentran un lugar tranquilo para participar. Llega al mundo sin saber que tiene hermanas y hermanos con misiones parecidas, aunque diferentes. No las ni los conoce, pero pronto lo hará.

Las abuelas y los abuelos cuentan que Poli recibió la vida de voces que narran historias y leyendas en lenguas indígenas. También recibió la alegría de voces afrodescendientes que cantan canciones de tierras africanas. Igualmente, recibió la persistencia de voces gitanas que relatan infinitas travesías y, finalmente, recibió la resistencia de voces que trabajan en los campos y las ciudades. Estas cualidades le permitirían a la pequeña Poli tener poderes que aún no conocía, pero que pronto descubriría.

La pequeña fue cargada siempre en lomos de sabios. Cuentan las voces narradoras que corría por techos y calles con la habilidad de los gatos, montada sobre el lomo de uno de ellos. Este gato, que parecía un jaguar, le enseñó a asomarse a las cocinas de las casas para saborear las coladas, las sopas y las aguapanelas de las niñas y niños vecinos.

También volaba en las alas de búhos que le permitían leer hojas de cuentos, normas, lecciones, coplas y mitos que las comunidades de hombres y mujeres habían construido durante años. Y cabalgó suavemente sobre los lomos de burritos que, con paciencia, le mostraron montañas, caminos, quebradas y las calientes arenas del mar, donde algunas niñas y niños la miraban con extrañeza mientras pasaba dormida.

Cada uno de ellos le contaba historias, chistes o canciones. A veces los recordaba; a veces no, porque lo único que importaba era jugar con las niñas y niños con quienes habitaba en su vereda.

Poli no tiene madre ni padre. Tan solo sabe que ha nacido de la suma de voces que cantan, que narran, que cuentan y que ríen. También sabe que siempre tiene techo, comida y abrigo gracias a las madres comunitarias que abren sus puertas al verla llegar, algunas veces en las alas de su amiga búho y otras en el lomo de su amigo burro. Muy pocas veces llega sobre el lomo del gato. Este último es más travieso y la invita a husmear casas y cocinas donde quedan descuidados postres y comidas sobre las estufas.

Ya habían pasado cinco años desde su nacimiento y las preguntas entre Poli y su madre comunitaria crecían. Algunas eran respondidas con amor; otras, con sorpresa. Pero hubo una que retumbó en los oídos de Teresa, su madre comunitaria.

Luego de terminar su taza de bienestarina de chontaduro, Poli limpió su boca descuidadamente con la manga de su saco de hilo y preguntó:

—Mami, ¿tú sabes quiénes son mi mamá y mi papá? Sé que me cuidas muy bien, pero quiero saber quiénes son. He visto fotos de Tito con sus padres y yo no tengo ninguna.

Teresa, algo sorprendida, le respondió:

—Bueno… me sorprendes. La verdad, no lo sé. Pero, si quieres, vamos a averiguarlo.

Entonces Poli, con una sonrisita cómplice, le dijo:

—¡Vale! ¿Y cuándo?

—Prontito —respondió Teresa—, prontito…

Espera la siguiente crónica que promete una aventura de nuestra querida pequeña Poli.