Para las niñeces y adolescencias Negras, Afrocolombianas, Raizales y Palenqueras, el territorio lo es todo: es la historia que hemos vivido; es la cultura de nuestro pueblo; es la resistencia inagotable de nuestros mayores y mayoras; es el recuerdo del miedo y el terror de la guerra; y también es el amor por el río y los mares, los bosques, las montañas y un sinfín de ecosistemas naturales donde las niñeces juegan.
Juegan a subir palmeras, a construir balsas; juegan y danzan con la naturaleza, con el territorio, el maritorio, los ríos; juegan, y también nadan.

En el Caribe o en el Pacífico, a veces se aprende primero a nadar que a caminar. Porque el agua es la vida misma. “El agua como eje ordenador del territorio”, sí. Habitamos el agua como bien ancestral, común y sagrado, donde nuestras familias se congregan para transmitir el legado de un pueblo que fue esclavizado, pero nunca arrodillado: la memoria del pueblo Negro que resiste con dignidad.

Ahí, solo ahí, es donde las niñeces y adolescencias afrodescendientes habitan su infancia, para luego ir por todo el mundo constituyendo la gran diáspora. Allí aprenden en y desde la comunidad, en la escucha atenta a las sabedoras y sabedores, en el conocimiento ancestral que se transmite en la cotidianidad: en la cocina, en la pesca, en la siembra, en los cantos de alabao, en el arte, en las conversaciones que reflexionan sobre la nación y en las prácticas espirituales que sostienen la muerte y, también, el milagro de la vida.
Ellas y ellos aprenden a nombrar el mundo desde sus propias palabras, a reconocer el valor de lo colectivo sobre lo individual, a entender que la vida está profundamente entrelazada con la naturaleza y que el bienestar depende del equilibrio con ella.
Crecen también entre historias: las que hablan de los palenques o quilombos como territorios de dignidad, de las luchas por la tierra, de los peinados que iban trazando la ruta de la libertad, pero también de las heridas abiertas por la violencia, el despojo y el racismo estructural. Memorias que no solo duelen, sino que también enseñan. Enseñan a resistir, a cuidarnos, a no olvidar. Y, en medio de esas paradojas, infancias Afrodescendientes construyen sus identidades, afirmando quiénes son y de dónde vienen, con orgullo, con fuerza.

Para niñas, niños y adolescentes pertenecientes a comunidades Negras, Afrocolombianas, Raizales y Palenqueras, el territorio, entonces, no es únicamente un espacio físico: es una red de relaciones vivas, es el lugar donde se tejen los afectos, donde se aprende a ser en comunidad y se configuran los planes de vida. Es escuela, es hogar, es refugio y también horizonte.
Por eso, cuando el territorio se ve amenazado por la violencia, la contaminación, el extractivismo o el abandono estatal, no solo se pone en riesgo un ecosistema, sino sus formas de vida.
Defender el territorio es, en consecuencia, defender la posibilidad de que estas niñeces sigan naciendo, creciendo y soñando en él. Es garantizar que puedan seguir nadando y corriendo libres, aprendiendo de sus mayores, cantando sus cantos y habitando sus culturas. Es asegurar que la transmisión intergeneracional no se rompa, que la memoria no se pierda, que la identidad no se diluya.
Porque cuando el territorio se cuida, cuidamos de las niñas, niños y adolescentes afrodescendientes. Y cuando se les permite crecer en él con dignidad, con alegría y con derechos, se fortalece la continuidad de un pueblo que, a pesar de su historia de dolor, sigue sembrando vida, memoria, resistencia y coraje.
